Francisco José Ruiz Pérez SJ, desde la Facultad de Teología de Deusto, comparte su Aclarando el día para este sábado: de los que son como ellos es el Reino de los Cielos.
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La inocencia de un niño, apenas se puede expresar con palabras, pues encierra un cielo inmenso, de luces que resplandecen con la Luz propia de la Gracia que la envuelve, en un abrazo inmenso, de cálida ternura.
ResponderEliminarDecir ¡niño!, es afirmar la VIDA libre de conflictos, luchas y enfrentamientos; de estériles y absurdas victorias, de efímeros triunfos; es poner "alas" al libre pensamiento y creer que existe, ese maravilloso jardín llamado Paraíso.
Los niños son, en la simplicidad de su ingénua inocencia, los grandes Maestros de la Vida; nos enseñan a gozarnos con alegría y regocijo, sin tener que pagar "precio" alguno, ni pensar en adversarios ocultos, dispuestos a usurpar, el anhelado "pedacito de Cielo".
Los niños abren su corazón, comparten sus juegos y anhelos, se dejan habitar de la presencia del otro y crean los lazos de Amistad, que el transcurrir de la vida hará indestructibles.
No hay mirada más transparente ni sonrisa más luminosa que la de un niño, reflejan la espontánea actitud de la sencilla y honesta verdad, que brota de un corazón no mancillado.
Mirar los ojos de un niño, es como intuir, el Cielo que hay detrás de sus pupilas , sentir la fresca fragancia, como la pureza del "muguett", acariciando nuestros sentidos, susurrándonos la presencia de un AMOR inefable.
Tener "alma de niño" es aprender a caminar "descalzos" por la vida, vacíos del ego posesivo y esclavo, sin cálculos interesados ni estrategias elaboradas; es confiar en la Gracia y Providencia del Amor, dejándonos sorprender, de la inefable bondad de Dios.
Escuchar a Jesús que nos dice: si no os hacéis como niños, no tenéis acceso a ese lugar llamado "Cielo".
Bueno será volver a contemplar la vida, con la confiada, limpia y sencilla mirada, del niño-niña que un día fuímos.
Miren Josune